Por Diego Contreras Sánchez
Hay músicas que no solo cuentan historias, sino que también reúnen en ellas experiencias complejas del mundo y de la vida humana. El nuevo álbum de Gorillaz “THE MOUNTAIN” retoma una de las búsquedas más características de la banda: poner en diálogo lenguajes, ritmos y tradiciones culturales de diferentes lugares y encontrar en ese encuentro una forma de crear algo común, de contar historias, sonidos. El álbum, que está atravesado por temas como el duelo, la búsqueda de sentido y la espiritualidad, invita a pensar en lo que cambia cuando dejamos algo atrás y debemos encontrar una nueva forma de vivir. En noviembre, Gorillaz traerá ese álbum a Bogotá; será un concierto, pero también será una buena ocasión para recordar que las ciudades, como la música, se construyen de encuentros, desplazamientos y mezclas.
En la canción llamada Damascus, que es protagonista en este álbum, las voces, los idiomas y los ritmos se encuentran alrededor de una imagen persistente: la de un viaje que avanza sin rutas y sin mapas. Entre las referencias a Damasco, la capital de Siria, a los barcos y a la supervivencia, aparece una frase que puede leerse como una aproximación a la experiencia de la migración “nuevas llegadas, frescas llegadas”- “new arrivals”, “fresh arrivals”: una nueva llegada, una nueva forma de sobrevivir. No hace falta especular mucho sobre ella para entenderla como una declaración explícita sobre la migración y para reconocer lo que sugiere: llegar a otro lugar, también puede significar enfrentarse a la incertidumbre y a la necesidad de reconstruir la vida propia.
Desde ahí surge una pregunta que puede ser incómoda en el contexto actual ¿Qué significa realmente recibir a alguien que llega? La pregunta aparece hoy en Europa, donde se discute el uso del velo integral de los musulmanes, y en las fronteras donde los Estados deciden quién puede entrar, quién puede solicitar protección y quién debe regresar también, como ocurre en Ceuta, frontera española con Marruecos. Aparece en Colombia, mientras discutimos la migración venezolana y al mismo tiempo vemos cómo la gentrificación y el aumento de los arriendos, expulsan a habitantes de barrios que fueron suyos durante décadas.
Aunque parecen problemas distintos, en el fondo no lo son del todo. En todos aparece una pregunta que empieza a ser común: ¿Quién tiene derecho a estar aquí? y detrás de ella otra todavía un poco más problemática: ¿Qué tiene que demostrar una persona para que consideremos legítima su presencia? La migración casi siempre se cuenta como una historia entre quienes llegan y quienes reciben a los que llegan, unos necesitan y otros tienen algo que ofrecer, pero esa división puede esconder una desigualdad más profunda, porque quien migra no llega solamente con necesidades, llega casi siempre también con capacidades, conocimientos, vínculos, experiencias y proyectos. Es decir, un migrante puede llegar sin dinero, sin embargo, eso no significa que llegue sin nada. Colombia conoce esa historia desde ambos lados, durante décadas fuimos los colombianos quienes cruzamos hacia Venezuela buscando trabajo y oportunidades, hoy son millones de venezolanos que han recorrido el camino contrario, las posiciones cambian, las fronteras cambian las personas también.
Y aquí aparece una palabra pertinente y fundamental que puede alentar la reflexión: la aporofobia. Adela Cortina, filósofa española, utiliza esta palabra para describir el rechazo o el desprecio a las personas pobres o que son asimiladas como carentes de recursos e introduce una sospecha incómoda en el debate de la migración. Quizá no siempre rechazamos al extranjero por ser extranjero, quizá lo rechazamos especialmente cuando lo asociamos con la pobreza y la idea de que no tiene nada que ofrecer; esta diferencia puede verse en el lenguaje, el turista, el empresario o el profesional extranjero, suelen ser presentados de una manera muy distinta al migrante pobre, al refugiado o a quien cruza una frontera sin autorización.
El pasaporte puede ser el mismo, la humanidad también, lo que cambia es nuestra percepción de su valor, pero aquí aparece otra trampa, defender a los migrantes diciendo que también aportan parece ser un argumento suficiente, pero no lo es, puede esconder la idea de que una persona debe mostrar su utilidad para merecer un lugar, una expresión de la idea de progreso en la modernidad: demostrar cuánto se produce para ser digno.
Y esta discusión no pertenece únicamente a las fronteras nacionales, también ocurre dentro de las ciudades. Bogotá guarda una paradoja, nos preocupa que la llegada de migrantes transforme dinámicas de todo tipo, pero hablamos poco de lo que ocurre cuando el dinero transforma esos mismos barrios y expulsa a quienes ya estaban allí. Las nuevas dinámicas inmobiliarias como los arriendos de corta estancia y la gentrificación pueden convertir un lugar en demasiado caro para quienes lo construyeron trabajaron y habitaron durante años; nos preocupa quién cruza la frontera nacional, mucho menos que quien cruza la frontera económica. Un migrante puede ser acusado de quitarle oportunidades a alguien que nació en Bogotá, pero también puede ocurrir que una familia sea expulsada de su barrio porque ya no puede pagar el arriendo o porque sus prácticas culturales, sus oficios o sus formas de ocupar el espacio, empiezan a verse como un estrobo o ya no encajan por las nuevas dinámicas comerciales o turísticas. En ambos casos aparece la misma pregunta: quién puede quedarse.
Por eso la migración debería pensarse no solamente como el movimiento de personas pobres hacia sociedades más ricas, esa mirada convierte al migrante en una carencia ambulante, alguien que llega porque le falta algo y cuya presencia solo puede justificarse por la ayuda que recibe, pero tampoco deberíamos aceptar el relato contrario: que el migrante solo es tratado con dignidad cuando produce más de lo que cuesta. En consecuencia, hay que desconfiar de las preguntas que empiezan por “¿qué nos aportan los migrantes?” ya que si bien es una pregunta válida para analizar las dinámicas económicas en torno a la migración, resulta es reduccionista e insuficiente para comprender las complejidades humanas, porque incluso esa mirada puede impedirnos reconocer objetivamente otros fenómenos, como los delitos cometidos por algunos de ellos y los problemas de seguridad que de ahí se pueden generar, sin que esto signifique atribuir esas conductas a toda la población migrante.
En consecuencia, también deberíamos preguntar: ¿qué se les debe a los migrantes?, ¿qué se pierde cuando se les expulsa?, ¿qué conocimientos dejamos sin reconocer?, ¿qué vínculos se rompen?, ¿qué ciudades construimos cuando decidimos quién puede permanecer?, ¿qué contradicciones existen entre beneficiarse de los recursos de otros países y rechazar a quienes provienen de ellos? Tal vez por eso “The Mountain”, el álbum de Gorillaz y “Damascus”, funcionan como una entrada apropiada a esta discusión, los artistas convierten la mezcla cultural en música, las ciudades convierten la mezcla humana en convivencia conflicto y creación.
Colombia lo sabe, primero fueron colombianos quienes cruzaron hacia Venezuela, después fueron venezolanos quienes cruzaron hacia Colombia, mañana los caminos pueden volver a invertirse. La historia migratoria no tiene protagonistas permanentes, por eso la expresión “las bendiciones de los pobres” con la que intitulé esta columna, no pretende decir que la pobreza tenga algo de bueno, no lo tiene; tampoco pretende convertir a las personas pobres en una reserva moral de la sociedad, ni justificar su presencia, porque pueden ser útiles. La invitación es más bien otra, quizá quienes han sido vistos únicamente desde su carencia, nos obligan a cuestionar una sociedad obsesionada con medir el valor de las personas. El migrante no necesita ser útil para ser digno, el pobre tampoco, el extranjero tampoco. Y quizá una ciudad verdaderamente abierta no sea aquella que simplemente permite que otros entren, sino aquella en la que nadie tenga que demostrar cuánto vale para tener derecho a permanecer.