Por Diego Contreras Sánchez
Hay una imagen que está llamada a incomodarnos cada vez que quien tiene el poder decide qué merece ser recordado: el ángel de la historia, figura desarrollada por el filósofo alemán Walter Benjamin a partir del cuadro Angelus Novus (1920), del artista Paul Klee. En la obra aparece un ángel que mira hacia el pasado y encuentra ruinas donde otros encuentran victorias. Quisiera detenerse, observar lo destruido e incluso repararlo, pero una tormenta lo empuja hacia el futuro, al que da la espalda: esa tormenta es lo que llamamos progreso. En Colombia, sin embargo, a veces parece tener otro nombre: poder. Y es que la historia no es una vitrina donde se exhiben únicamente los héroes que agradan a quienes gobiernan; también es el lugar donde sobreviven las voces incómodas, las heridas colectivas, las verdades que nadie quiere escuchar y las víctimas. Contar la historia desde mi propia mirada también es un derecho, y permanecer en ella no debería depender de que alguien me declare héroe o villano.
Benjamin entendió que la historia crítica debe mirarse desde las ruinas, no solo desde los triunfos, los discursos heroicos y los monumentos. Su reflexión plantea una pregunta fundamental para los derechos humanos: ¿quién tiene derecho a narrar el sufrimiento, nombrar la injusticia y exigir que su experiencia de dolor no desaparezca? En Colombia, esta pregunta cobra relevancia ante la decisión del Gobierno de retirar objetos y piezas de las exposiciones permanentes del Museo Nacional, entre ellos materiales relacionados con movimientos feministas y LGBTIQ+, la violencia política y el Acuerdo de Paz de 2016. Según el inventario oficial divulgado por García Puerto y Jaramillo Caro (2026), se desmontaron 63 elementos, de los cuales 22 fueron clasificados como piezas patrimoniales. El Gobierno defendió la medida como parte de la gestión museográfica y negó que constituyera censura; sin embargo, la ausencia de una justificación curatorial pública motivó cuestionamientos sobre la independencia profesional del museo (Redacción Cultura, 2026). Pero la pregunta democrática es otra: ¿se combate una interpretación histórica borrándola del museo? Un museo no tiene que convertir a todos en héroes, pero sí permitirnos comprender por qué unos fueron considerados héroes y otros terminaron convertidos en víctimas, victimarios o simples ausencias.
Y aquí quiero citar una canción del cantante Silvio Rodríguez, Fábula de los tres hermanos. Esta canción recuerda cómo la manera de mirar condiciona nuestro camino. El primer hermano, atento a cada paso, terminó esclavo de la precaución; el segundo, pendiente del horizonte, tropieza con lo que tiene delante; y el hermano menor, intentando verlo todo, acaba con la mirada extraviada. ¿Ocurre algo parecido con la historia? A veces solo buscamos confirmar nuestras convicciones; otras veces miramos tanto al enemigo que olvidamos a las personas. Pero hay una torpeza más peligrosa: creer que para corregir el pasado debemos borrar las miradas que nos incomodan. Excluir una voz no borra lo vivido, sino que limita nuestra posibilidad de comprenderlo. La historia necesita mirar al futuro sin perder de vista el presente ni dejar de escuchar a quienes quedaron sepultados bajo los relatos oficiales, que casi siempre son víctimas.
La censura del arte no es una novedad. La Inquisición persiguió el arte que era considerado herético y el régimen nazi convirtió la cultura en instrumento de obediencia, calificando cierto tipo de arte como degenerado. No se trata de equiparar toda decisión administrativa con el fascismo, sino de reconocer una señal de alarma: cuando el poder impone una memoria única, el pluralismo pierde espacio. El arte es valioso porque permite preguntar, discernir y descubrir lo que la versión oficial omite; retirar una obra puede parecer un gesto pequeño, pero, cuando la razón es ideológica, la pared vacía deja de ser neutral y señala quién puede existir en la memoria colectiva. Como enseña Estanislao Zuleta en Elogio de la dificultad (1980), someter la realidad a un ideal puede conducir a una concepción paranoica de la verdad, donde el desacuerdo se interpreta como amenaza y quien piensa diferente deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo. Por eso, estas medidas no solo restringen la memoria, sino que alimentan la polarización y la sospecha hacia quienes no comparten la visión oficial.
Por eso, en Colombia, defender el artículo 1 de la Constitución no es un ejercicio retórico o poético: es defender un Estado social de derecho democrático, participativo y pluralista, fundado en la dignidad humana. El derecho administrativo tiene aquí una responsabilidad concreta: someter las decisiones públicas a la Constitución, exigir razones verificables, respetar el debido proceso y garantizar que el interés general no se reduzca a la voluntad de un líder, así como garantizar que la gestión de un museo no quede al vaivén de las simpatías políticas de quien ocupa temporalmente el poder. Así, las decisiones sobre el patrimonio y la memoria deben respetar los derechos culturales, la libertad de expresión y la diversidad de interpretaciones, con los controles jurídicos correspondientes. Como sostiene Santofimio Gamboa (2008), el derecho administrativo encuentra su fundamento en la Constitución y debe comprenderse a partir del carácter social y finalista del Estado, así como de la protección del interés general.
Para terminar, quiero volver al ángel de Benjamin, que sigue mirando las ruinas mientras la tormenta lo empuja. Quizá la tarea de una democracia consista precisamente en no permitir que esa tormenta decida por nosotros qué recordar. No toda obra de arte cuenta la historia completa, ninguna voz posee la verdad absoluta y ningún personaje histórico queda libre de juicio por aparecer en un museo.
Pero el camino hacia una sociedad más justa no se construye borrando las huellas que nos incomodan, sino aprendiendo a leerlas críticamente, porque la historia no necesita que el poder la proteja de las preguntas; necesita que el poder aprenda a soportarlas. Cuando una pared queda vacía por decisión ideológica, la pregunta no solamente es qué obra retiraron, sino quiénes serán los siguiente en quedarse sin lugar en nuestra memoria.
Referencias
García Puerto, M. A., & Jaramillo Caro, A. (2026, 22 de octubre). Este es el listado definitivo de las piezas que el gobierno desmontó del Museo Nacional. El Espectador. https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/este-es-el-listado-definitivo-de-las-piezas-desmontadas-del-museo-nacional-del-m-19-a-la-poblacion-lgbtiq/
Redacción Cultura. (2026, 23 de octubre). CIMAM pide al Gobierno «respetar la independencia profesional» del Museo Nacional. El Espectador. https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/museo-nacional-comite-internacional-para-los-museos-pide-explicaciones-al-gobierno-por-retiro-de-piezas/
Santofimio Gamboa, J. O. (2008). Fundamentos constitucionales del derecho administrativo colombiano. A&C – Revista de Direito Administrativo & Constitucional, 8(31), 208–253. https://doi.org/10.21056/aec.v8i31.342
Zuleta, E. (1980 [2017]). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Ministerio de Cultura; Biblioteca Nacional de Colombia.