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Soy Múcura: escuchar con el cuerpo

Hay películas en las que incluso después de salir de la sala de cine, se quedan en nosotros un buen rato sintiéndolas, esa es la sensación que queda después de ver Soy Múcura, el segundo largometraje de la directora vallenata Nina Marín. La película pertenece a ese tipo de cine raro y necesario que no busca explicar el mundo, sino hacerlo vibrar y en esta oportunidad significa literalmente eso: sentir el tambor en el pecho, en los pies, en la piel, es el pulso del cuerpo y la vida misma.

La historia sigue a Múcura, una niña con discapacidad auditiva que vive en un pueblo del Caribe colombiano atravesado por el bullerengue, la tradición oral y las ausencias. Pero la película nunca convierte la discapacidad en un espectáculo ni en una tragedia, la Lengua de señas se integra a la vida cotidiana con mucha naturalidad logrando “hablar justamente de la inclusión desde un lugar real, sensible, sin forzarlo, simplemente como parte de la vida”, explica Nina Marín.

Y ahí está una de las grandes virtudes de Soy Múcura: no subraya ni subtitula, no necesita hacerlo, la película confía en el lenguaje visual, en los silencios y en la potencia emocional de sus personajes. Confía, sobre todo, en el cuerpo.

Nina Marín, en una conversación bien interesante con los colegas de Nuestro rollo, contaba que imaginó a Múcura aferrándose al cuerpo de la cantadora para sentir la vibración del tambor, imagen muy potente a lo largo de la película: “por eso digo que es una película sensorial”, afirmó la directora. Y sí, pocas veces el cine colombiano reciente ha logrado construir una experiencia tanto física como íntima.

“Sabía que cuando tenía el papel en blanco quería escribir sobre una chica sorda. Y como siempre me han gustado los retos, dije: ‘¿Qué pasaría si esta chica no puede escuchar la música, pero como la música es un asunto universal, es un asunto del sentir, es absolutamente sensorial… entonces no hay imposibilidad?”

“También hay algo muy fuerte y es la música que atraviesa la historia, que es el bullerengue hecho por Alberto Mario Solano y que nos conecta con la raíz, con eso ancestral que a veces olvidamos y que sigue latiendo en el corazón”, señaló Marín.

El bullerengue atraviesa toda la película como un latido ancestral. No aparece únicamente como música de fondo o como elemento folclórico. Aquí el bullerengue es memoria, resistencia, pero, sobre todo, refugio emocional.

Y justamente ahí está otro de los hallazgos de la película: entender que el Caribe no es solo fiesta. En Soy Múcura hay ausencia de hombres en el pueblo, ausencia de sonido para su protagonista y, sobre todo, ausencia de certezas frente a la muerte y al dolor. Pero Nina Marín nunca convierte esas ausencias en vacío absoluto. Al contrario: las transforma en una fuerza silenciosa que obliga a las mujeres a sostener la vida desde el canto, la danza y el cuidado mutuo. La película entiende que en muchos territorios del Caribe colombiano la resistencia nace precisamente ahí, en aprender a convivir con lo que falta sin dejar que la tristeza termine por arrasar con todo. Pero también hay mujeres que sostienen la vida mientras todo alrededor parece derrumbarse.

Y ese es otro tema potente, la película está habitada por mujeres poderosas: cantadoras, abuelas, niñas, amigas. Mujeres que cocinan, bailan, pelean, acompañan y reconstruyen. No desde el discurso grandilocuente, sino desde la cotidianidad. Ahí el cine de Nina Marín encuentra algo muy difícil de lograr: una sensación de comunidad real.

Y en medio de esa comunidad aparece otro personaje inolvidable, la muerte, salida de los relatos orales de las abuelas de la costa atlántica: alta, teatral, silenciosa, vestida de negro y montada sobre zancos. Una presencia más cercana al mito que al horror. Marín lo explicó de forma sencilla y contundente: “La muerte es más grande que nosotros”. Y esa idea atraviesa toda la película.

Lo más interesante es que Soy Múcura nunca cae en la lástima. La película no quiere que el espectador “aprenda una lección” sobre inclusión, lo que propone es mucho más complejo y honesto: compartir una experiencia humana. Por eso resulta tan poderosa la decisión de no saturar la película de subtítulos o explicaciones para el lenguaje de señas. La directora quería probar algo: confiar en que el público podía sentir y entender desde otros lugares. Y funcionó.

“¿Qué pasa si lanzo la película sin subtítulos? Nada pasa. El público le entiende”

y así fue, Marín cuenta como después de las funciones con comunidades oyentes y no oyentes, tanto en Colombia como en el exterior, en donde la película ya ha sido presentada en diferentes festivales, los asistentes se conectaban con la película, la entendían, se quedaban con ella. Ahí la película encuentra uno de sus gestos más importantes: romper la idea de que siempre hay que traducirlo todo para poder conectar.

Visualmente, Soy Múcura también tiene momentos de enorme belleza. La fotografía de Mariano García captura un Caribe cálido, polvoriento y profundamente humano, lejos de la postal turística. Los colores de los vestidos, las texturas de las casas y la presencia permanente de la tierra convierten cada plano en una especie de memoria viva.

Y luego está Camila Henker Martínez, su actuación tiene algo difícil de describir porque precisamente funciona desde la honestidad. Nina Marín contó que Camila no sabía bailar cuando llegó al proyecto y que muchas escenas surgieron desde el descubrimiento mutuo. Eso se nota en pantalla. Hay una fragilidad y una fuerza simultáneas que vuelven imposible apartar la mirada de ella.

En tiempos donde gran parte del cine parece obsesionado con explicarlo todo, Soy Múcura apuesta por otra cosa: por sentir. Y quizás ahí radica su verdadero valor.
No es una película perfecta. A veces ciertos simbolismos aparecen demasiado explícitos, pero incluso en esos momentos hay una sinceridad tan evidente que resulta difícil resistirse.

Nina Marín ha construido una película profundamente Caribe sin caer en el cliché, una película sobre inclusión sin convertirla en consigna, y una película sobre la tristeza que termina llena de vida. Tal vez por eso, cuando termina la función, uno sale del cine con la sensación extraña de haber escuchado algo incluso en silencio.

El equipo técnico de la película está conformado por el director de fotografía Mariano García, el sonidista Pablo Martínez, el director de arte José Antonio Britto, contó con el montaje de Yeider Leonardo Chima, el compositor musical fue Alberto Mario Solano, el casting lo hizo Nina Marín, el asistente de dirección fue Daniel Montes, el script fue Daileth Viloria, la foto fija la hizo Jesús Ferias, la productora de campo fue Laura Alvarado, el vestuario y maquillaje corrió por cuenta de Alexandra Vargas.

Imágenes cortesía de Nina Marín

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