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Odiseo y Lucho Arango: cuando los héroes aparecen porque el Estado no está

Por Diego Contreras Sánchez

El estreno de la nueva película de La Odisea, adaptada y dirigida por el director británico Christopher Nolan, ha vuelto a poner en circulación una pregunta que nunca ha dejado de ser vigente: ¿Por qué necesitamos de figuras como Odiseo?  No se trata simplemente del atractivo cinematográfico de actualizar uno de los relatos más grandes del mundo griego antiguo y del mundo occidental, sino que también se trata de la persistencia de un tipo de héroe que sobrevive gracias a su astucia y no porque exista un orden capaz de protegerlo. Y es que, en un tiempo fascinado por las hazañas individuales, la figura de Odiseo recuerda que el éxito rara vez nace de las instituciones sólidas, y que casi siempre surge allí donde las reglas son insuficientes y el ingenio se convierte en la única forma de sobrevivir; esta premisa resulta especial y permite también pensar la historia reciente de Colombia.

Para defender lo anterior, se puede empezar comparando a Odiseo, personaje central de la Odisea, con Aquiles, personaje central de la Ilíada. Odiseo no es Aquiles. Él no vence porque tenga cierta herencia divina, tampoco vence únicamente por la fuerza, ni por una exclusiva superioridad moral. Su grandeza más bien depende de la capacidad de leer cada circunstancia, de adaptarse a las incertidumbres de su camino, de negociar con los enemigos e incluso de engañarles cuando es necesario; lo que resultaba también del hecho de que en la Odisea no se evidencia una estructura política fuerte, ni una justicia efectiva, y por el contrario se retrata un universo donde los dioses son impredecibles y la ley y la justicia, terminan dependiendo de la ocasión. Por esa razón, Odiseo más que un guerrero es un estratega, su éxito también nace de la ausencia de un orden confiable y es ahí donde la fascinación por Odiseo dice algo también de nuestros compulsivos tiempos: admiramos a quien logra salir adelante por sus propios medios, incluso cuando ello revela el fracaso de las instituciones.

Colombia, conoce demasiado bien ese escenario. En muchas regiones del país, los conflictos cotidianos se resuelven más por redes comunitarias, liderazgos locales o acuerdos informales de la sociedad civil, que por la presencia efectiva del Estado. Allí donde las instituciones son débiles, aparecen figuras capaces de sostener la vida, de defender el territorio y de remar hacia dinámicas de colectividad pacifica desde su imaginación moral. Sin embargo, aquí surgen varios fenómenos: en primer lugar, lo que se podría llamar un “hiper exitismo” de la figura del héroe, cuya condición en nuestros tiempos se suele atribuir a quien realiza cualquier hazaña o acción destacable, aunque esta no tenga relación con la transformación de las comunidades, mientras que las odiseas de quienes desde el liderazgo social sostienen y transforman sus comunidades, permanecen muchas veces desconocidas. En segundo lugar, aparece la naturalización de que estos liderazgos sociales sean quienes asuman las tareas que las instituciones no consiguen garantizar, como defender los Derechos Humanos, proteger la biodiversidad o promover procesos de transformación. En tercer lugar, aparece el costo que implica muchas veces ese heroísmo, que puede llegar hasta la amenaza, el desplazamiento o el asesinato. El verdadero problema entonces no es que existan muchas odiseas, sino que las instituciones no consigan reemplazar la necesidad permanente del quienes las protagonizan.

La vida de Lucho Arango, ofrece una versión de lo expuesto hasta ahora. Lucho fue un pescador artesanal de El llanito, una Ciénega ubicada en Barrancabermeja. él entendió que la defensa del territorio no dependía únicamente de las prohibiciones o de las reglamentaciones legales, sino también de construir acuerdos entre la comunidad, de convencer a otros pescadores de abandonar prácticas destructivas y enfrentar intereses económicos que degradaban el ecosistema. Al igual que Odiseo, Lucho no actúa desde una estructura poderosa sino desde la inteligencia práctica, el conocimiento del entorno y la capacidad de tejer alianzas, su liderazgo surgió allí donde las instituciones ambientales y de seguridad resultaban insuficientes para proteger tanto la naturaleza como a quienes vivían en ella.

Pero aquí la comparación marca una diferencia decisiva: mientras Odiseo regresa victorioso a Ítaca para recuperar su lugar,  Lucho Arango fue asesinado por integrantes de una estructura criminal después de años de defender la pesca artesanal y la organización comunitaria. Su muerte no simboliza el fracaso de un individuo, sino la fragilidad de un país donde demasiados líderes y lideresas sociales terminan pagando con su vida, aquello que debería garantizar el Estado. Así, en Colombia el Héroe no siempre obtiene el reconocimiento, muchas veces desaparece antes de que la sociedad comprenda la magnitud de su trabajo, esa es quizá una de las tragedias más persistentes de nuestra historia política.

De esta manera, una de las tantas expectativas que despierta la adaptación de Nolan, es que demuestra que seguimos hallando en los relatos clásicos respuestas para entender el presente, por eso es relevante preguntarse por qué esas aventuras siguen resultando están familiares. Cada vez que admiramos al individuo capaz de resolver por sí solo problemas colectivos, corremos el riesgo de naturalizar la ausencia de instituciones fuertes y el Héroe termina ocupando un lugar que debería pertenecer a la justicia, a la protección Estatal o a las políticas públicas, porque el heroísmo épico puede emocionar, pero también puede ocultar responsabilidades de una sociedad.

Tal vez por eso Colombia necesite leer La Odisea o ir al cine a verla de otra manera, no para celebrar únicamente la astucia del héroe, sino para preguntarse por las condiciones que obligan a ciertos ciudadanos a convertirse en Héroes cotidianos. La historia de Lucho Arango recuerda que el verdadero triunfo no consiste en que aparezcan individuos excepcionales, capaces de sostener una comunidad, sino en construir instituciones que hagan innecesario ese sacrificio. Mientras eso no ocurra, es probable que la imagen de Odiseo siga siendo también un espejo incómodo: el del hombre que vence gracias a su ingenio porque quienes lo rodean, todavía no hemos aprendido a defender a los nuestros.

El pescador, con sus piernas fijadas como estacas a la canoa, empuña el extremo de la atarraya y, con movimientos precisos y fuertes, lanza la red, que se extiende en toda su dimensión para atrapar a los peces que caen enredados en ella. Son pescadores de mar, de ciénaga, de río, de lagunas, herederos de un oficio ancestral y una tradición milenaria, cuyo saber ha sido aprendido en la cotidianidad de sus vidas, en medio de riquezas naturales que contrastan con las carencias que, a veces, limitan su existencia.

Centro Nacional de Memoria Histórica, 2014. Lucho Arango: el defensor de la pesca artesanal.

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