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Alejandro Pino: cocinar para encontrarnos

Por Jenny Marcela Rodríguez

Alejandro Maldonado Pino es abogado de la Universidad del Rosario y tiene estudios en gerencia de empresas sociales de la Universidad EAFIT. Sin embargo, su vocación ha tomado otros caminos: hoy su lugar está en la cocina, donde crea sabores que conectan territorios, memorias y personas. En esta entrevista nos abre las puertas de su proyecto Su hogar era el fuego, una experiencia culinaria donde lo gastronómico se convierte en herramienta de encuentro.

De la teoría a la cocina

—¿Cómo llegó al mundo de la cocina?

Yo cocino desde los once años. Aprendí por necesidad. Mi mamá cocina muy rico, pero una vez se enfermó y nos dejó de cocinar como por una semana. Mi papá se encargó de la cocina y casi nos mata… o de hambre, o de intoxicación. Entonces dije: ‘tengo que aprender a cocinar’. Todo el mundo cree que fue gracias a mi mamá, pero fue por mi papá, por oposición. No quería volver a comer lo que él hacía.

— Esa decisión inicial fue el punto de partida. Alejandro recorrió 28 de los 32 departamentos del país trabajando en educación y desarrollo social. Y ahí descubrió algo:

Me di cuenta de que las cosas importantes pasaban en la comida. Los acuerdos, las conexiones, sucedían cuando todos nos sentábamos a comer, no en el taller o en el salón. Ese momento tan informal era donde realmente se movilizaban las cosas.

— Alejandro no pasó por una escuela de cocina. Se formó de manera autodidacta:

Yo era de los que veía videos de recetas y sí las preparaba. Empecé con platos italianos, franceses, asiáticos, y luego con la cocina colombiana. Pero no para copiarla, sino para reinterpretarla con respeto.

— Recolecta productos en distintas regiones del país: malanga, cuajada, lulo chocuano, hierbas de azotea, longaniza de Quibdó, maíces nativos de San Alberto de Sotovento.

Muchos de nuestros platos típicos están dentro de las casas y no han salido de allí. Yo quiero sacarlos, reinterpretarlos y mostrar que con ingredientes locales también se puede hacer alta cocina. Cada cena gira en torno a una región distinta de Colombia: el Pacífico, los Llanos, el Caribe, el Valle. Cada menú es una investigación, un homenaje, una forma de hacer memoria desde el sabor.

Su hogar era el fuego: cenas secretas, ingredientes visibles

— El proyecto Su hogar era el fuego nace de esa intuición: que la cocina puede ser un espacio de transformación social. En su sala, en Chapinero Alto, Alejandro organiza cenas secretas mensuales para doce personas. No se conocen entre sí. Se encuentran, se sientan a la mesa, comparten cuatro tiempos y una bebida hecha con destilados ancestrales. Hablan, juegan, conversan. La experiencia no termina con el último bocado: a veces las sobremesas se alargan hasta la madrugada.

Mi cocina no es un restaurante. Es un lugar donde las personas se encuentran. Donde lo improbable sucede. Quiero que todos los que se sientan a la mesa se sientan parte de algo.

— El nombre del proyecto está tomado de un poema encontró en una publicación de la editorial Frailejón. Qué es “Su hogar era el fuego”

Cuando leí ‘Su hogar era el fuego’ supe que ahí estaba el nombre. Mi hogar también nace desde la cocina, desde el fuego. Lo que hago no es solo cocinar. Es invitar a otros a construir hogar desde el encuentro, desde el fuego. Quiero que cada persona que se siente a la mesa sepa que pertenece.

— Alejandro ha logrado algo poderoso: que la cocina no solo alimente, sino que reúna. Y en tiempos donde el aislamiento y la desconfianza se normalizan, eso, sin duda, es un acto revolucionario.

Leer con el paladar: La Caverna y un viaje a pie

—En una de sus más singulares colaboraciones, Alejandro Pino se unió al Club de lectura La Caverna para cocinar una experiencia inspirada en Viaje a pie, la célebre obra de Fernando González. Aunque a primera vista no parecía un libro fácil de “degustar”, Alejandro supo traducir el espíritu errante, filosófico y crítico del texto en un menú que propuso un recorrido sensorial por Colombia.

Pensé que sería sencillo: un viaje de Medellín a Buenaventura, seguro el autor contaría qué comía en cada tramo. Pero no. Lo que encontré fue un diario de pensamientos, casi sin referencias gastronómicas. Ahí empezó el reto: cocinar a partir de las ideas.

Así surgieron platos que no solo evocaban regiones, sino también estados de ánimo, intuiciones y contradicciones. El menú incluyó un fiambre reinterpretado, que generó incluso una discusión en la mesa sobre su definición; una entrada inspirada en la soledad del caminante, un plato principal con raíces paisas y un postre que exploraba el camino como transformación. La experiencia no solo activó los sentidos. También provocó preguntas, cruces entre lectores y comensales, reflexiones compartidas entre extraños.

La lectura era intensa, profunda. Pero la mesa la volvió cálida. Y eso es lo que más me gusta de este cruce entre literatura y cocina: cómo un texto puede convertirse en sabor, en conversación, en comunidad.

El sincretismo como filosofía

—Alejandro abraza la mezcla: la suya es una cocina sin purismos, pero con profundo respeto por las tradiciones.

“Todo plato que conocemos ha sido transformado en el tiempo. Toda receta es fruto de una innovación. Mientras uno se acerque con respeto a los ingredientes, todo es posible”, explica.

—Su cocina propone un diálogo constante entre la gastronomía mundial y los ingredientes colombianos. Así, por ejemplo, transformó el arroz clavado del Chocó en un risotto con longaniza y caldo de hierbas de azotea. En una cena inspirada en el Valle del Cauca, sirvió un ramen de chuleta valluna que fusionaba técnicas japonesas con los sabores típicos de Palmira.

“Yo veo un plato internacional y me pregunto cómo podría hacerse con productos de aquí, sin perder su esencia, pero dándole un giro local”, comenta.

—Incluso los postres se reinventan en su cocina: del pan de bono surgió un roll al estilo coreano, relleno de lulo.

No se trata de copiar recetas extranjeras, sino de reinterpretarlas desde nuestros ingredientes, mostrar que tenemos todo para hacer cocina de alto nivel con lo que crece en nuestra tierra. Yo quiero que la gente vea que Colombia tiene el potencial para hacer alta cocina, pero desde nuestros sabores. Y que eso no sea exclusivo ni inalcanzable.”

—En tiempos donde la prisa y el algoritmo nos dictan el ritmo, Su hogar era el fuego nos recuerda que sentarse a la mesa también es un acto de resistencia. Alejandro Pino no solo cocina: crea territorios efímeros donde la memoria, el sabor y la palabra se cruzan sin miedo. Porque en cada cucharada bien pensada hay una posibilidad de país, y en cada encuentro improbable, un pedazo de futuro compartido.

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